El Café Que Salvó Al Jefe
Capítulo 2 - El niño del callejón
El niño se llamaba Mateo.
Sebastián lo llevó a su coche bajo la mirada atónita de los clientes del café. Rubén fue entregado a sus hombres privados antes de que la policía llegara. No porque Sebastián quisiera ocultar el crimen, sino porque primero necesitaba saber quién estaba detrás.
El veneno era solo la superficie.
Mateo se sentó en el asiento trasero con las manos cerradas sobre las rodillas. Miraba todo con desconfianza: el cuero del coche, el agua embotellada, el reloj de Sebastián, los edificios elegantes que pasaban por la ventana.
"No voy a hacerte daño", dijo Sebastián.
"Eso dicen todos los hombres con guardaespaldas."
La respuesta fue tan seca que Sebastián no pudo ofenderse.
"¿Dónde está tu madre?"
Mateo miró hacia la ventana.
"En una habitación sobre una lavandería vieja. Está enferma. No puede caminar mucho."
"¿Y tu padre?"
"No tengo."
Sebastián apretó el botón dorado en la mano.
"¿Isabel te habló de la familia Balzac?"
Mateo asintió.
"Dijo que antes trabajaba en una casa grande. Dijo que un hombre bueno la quiso ayudar, pero lo mataron antes."
Sebastián cerró los ojos.
Su padre, Antonio Balzac, murió en el mismo incendio donde supuestamente murió Isabel. Durante veinte años, la familia habló de una tragedia accidental: una vela caída, una noche de viento, demasiado humo.
Pero Sebastián siempre sospechó que había algo más.
Su hermano Leonardo heredó la mayoría de las acciones después de aquel incendio. Su tía, Mercedes Balzac, controló los documentos familiares hasta que Sebastián alcanzó la mayoría de edad. Cada vez que él preguntaba por Isabel, le decían que no removiera vergüenzas antiguas.
Ahora un niño de la calle llevaba un botón de esa casa.
Y su guardaespaldas había intentado envenenarlo antes de que firmara la venta.
"¿Por qué estabas en el callejón del hotel anoche?", preguntó Sebastián.
Mateo bajó la voz.
"Buscando comida."
"¿Qué escuchaste?"
"El hombre que usted atrapó hablaba con otro hombre. Dijo que si usted firmaba, todo terminaba. Pero si dudaba, había que enfermarlo. También dijo que la casa escondía algo bajo la capilla."
Sebastián giró lentamente la cabeza.
"La capilla?"
Mateo asintió.
"Mamá me dijo que nunca fuera allí. Que la casa estaba maldita."
El coche se detuvo frente a la lavandería.
Subieron por una escalera húmeda hasta una habitación estrecha. El olor a medicina barata y sopa fría llenaba el aire.
En una cama vieja, Isabel dormía con la respiración entrecortada.
Sebastián se quedó en la puerta.
La reconoció por una fotografía antigua de su padre: el mismo rostro fino, ahora marcado por años de pobreza; el mismo cabello oscuro, ahora con hebras grises.
Isabel abrió los ojos.
Al ver a Sebastián, intentó incorporarse.
"No", susurró. "Mateo, ¿qué hiciste?"
"Lo salvé, mamá."
Isabel miró a Sebastián con terror.
"Usted no debía encontrarnos."
Sebastián entró despacio.
"Mi padre murió buscándola, ¿verdad?"
Las lágrimas llenaron los ojos de Isabel.
"Su padre no murió en el incendio."
Sebastián sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
"Entonces, ¿quién murió?"
Isabel apretó la manta contra el pecho.
"Nadie murió esa noche por accidente."









